Reyes Sumerios

La historia de los reyes sumerios es también la historia del nacimiento del poder político en Mesopotamia. Mucho antes de los grandes monarcas de Babilonia y Asiria, las ciudades de Uruk, Ur, Kish, Lagash, Umma y otras comunidades del sur mesopotámico desarrollaron formas de gobierno en las que el rey se convirtió en intermediario entre los hombres, la ciudad y sus dioses.

Pero hablar de los reyes de Sumer exige cierta prudencia. Las fuentes mezclan personajes históricos con soberanos legendarios; las inscripciones reales exaltan victorias y silencian derrotas; y la célebre Lista Real Sumeria construyó una visión de la historia destinada, en buena medida, a justificar quién poseía legítimamente la realeza.

Para los escribas sumerios existía, además, una diferencia fundamental entre poseer fuerza y poseer el derecho a gobernar.

La realeza pertenecía a los dioses. El hombre solamente podía recibirla.

Sargón de Acad
Sargón de Acad, fundador del Imperio acadio y una de las figuras políticas más importantes de la antigua Mesopotamia. Hacia el siglo XXIV a. C. extendió su dominio sobre las principales ciudades sumerias y creó un reino territorial sin precedentes en la región.

Uno de los testimonios más extraordinarios conservados de la antigua Mesopotamia comienza con una afirmación que resume perfectamente la concepción sumeria del poder:

«Cuando la realeza descendió del cielo, la realeza estaba en Eridu».

Así comienza la Lista Real Sumeria, una composición conocida por diferentes manuscritos y redactada y modificada a lo largo del tiempo. La obra presenta la realeza (nam-lugal) como una institución de origen divino que pasa sucesivamente de una ciudad a otra.

Esta idea resulta esencial para comprender a los reyes sumerios.

El rey no era simplemente el hombre que conseguía imponerse sobre sus vecinos. Gobernaba porque, según la ideología oficial, los dioses habían concedido la realeza a su ciudad.

Cuando una dinastía caía, la realeza podía ser trasladada a otra.

Así se explicaba teológicamente algo profundamente humano: la aparición y desaparición de los grandes centros de poder.

Lista Real Sumeria
La Lista Real Sumeria recoge una sucesión de reyes y dinastías que, según la tradición mesopotámica, ejercieron la realeza desde tiempos anteriores al Diluvio. El texto combina gobernantes históricos con figuras legendarias y atribuye reinados extraordinariamente largos a los primeros monarcas.

La Lista Real comienza en un tiempo mítico anterior al gran Diluvio.

Entre aquellos primeros gobernantes aparecen nombres como:

  • Alulim de Eridu
  • Alalgar de Eridu
  • En-men-lu-ana de Bad-tibira
  • Dumuzi el Pastor
  • En-men-dur-ana de Sippar
  • Ubara-Tutu de Shuruppak

Sus reinados alcanzan cifras extraordinarias. Alulim, por ejemplo, habría gobernado 28.800 años, mientras que otros soberanos reciben reinados de decenas de miles de años.

Evidentemente, estas cifras no pueden utilizarse como cronología histórica.

Estamos entrando en el territorio del mito.

Los escribas estaban describiendo una época primordial en la que la realeza todavía se encontraba próxima al mundo de los dioses.

Atrahasis
Ziusudra (Atrahasis) supervisa la construcción de la gran arca siguiendo las instrucciones del dios Enki para sobrevivir al diluvio enviado por los dioses.

Después de enumerar aquellas primeras dinastías, la Lista introduce una frase decisiva:

«Entonces el Diluvio arrasó [la tierra]».

Tras la catástrofe, la realeza vuelve a descender del cielo y se establece en Kish.

La estructura resulta extraordinariamente significativa.

La historia humana queda dividida en dos grandes edades:

antes del Diluvio y después del Diluvio.

Pero tampoco debemos suponer que todo cuanto aparece después sea automáticamente histórico. Reyes legendarios e históricos continúan mezclándose durante generaciones.

Entre los soberanos de las primeras dinastías aparecen algunos de los personajes más célebres de la literatura sumeria.

Enmerkar, Lugalbanda y Gilgamesh: los reyes legendarios de Uruk
De izquierda a derecha: Enmerkar, Lugalbanda y Gilgamesh, los tres grandes reyes de Uruk inmortalizados por la tradición literaria sumeria. Sus relatos entrelazan memoria histórica, leyenda y mitología.

La tradición convirtió a Enmerkar, Lugalbanda y Gilgamesh en grandes reyes de Uruk.

Sus nombres aparecen relacionados con ciclos literarios que sobrevivieron durante siglos.

Enmerkar protagoniza el conflicto con el misterioso señor de Aratta; Lugalbanda aparece convertido en héroe de sus propias composiciones; y Gilgamesh terminó transformándose en una de las figuras literarias más importantes de toda la Antigüedad.

Sin embargo, debemos distinguir cuidadosamente entre el personaje literario y el gobernante histórico.

Que un rey aparezca en una tradición sumeria no significa que todos los acontecimientos atribuidos a él sucedieran realmente.

Uno de los casos más importantes es Enmebaragesi de Kish.

A diferencia de muchos monarcas de las primeras secciones de la Lista Real, Enmebaragesi está documentado también por inscripciones contemporáneas o próximas a su época.

Aquí comenzamos a pisar un terreno histórico mucho más firme.

Este encuentro entre literatura, tradición real e inscripción arqueológica constituye uno de los momentos más fascinantes del estudio de los primeros reyes de Mesopotamia.

No existió durante buena parte de la historia sumeria un único “rey de Sumer”.

Sumer estaba formado por ciudades-Estado.

Uruk, Ur, Lagash, Kish, Umma, Nippur, Eridu y otras ciudades poseían instituciones, templos, territorios agrícolas y gobernantes propios. Y competían entre ellas.

Los textos sumerios emplearon diferentes títulos para sus gobernantes.

Uno de los más importantes fue lugal, literalmente “hombre grande”, que solemos traducir como rey.

También encontramos ensi, un título utilizado para gobernantes cuya naturaleza y rango podían variar según el periodo y la ciudad.

No conviene establecer una equivalencia demasiado rígida entre ambos términos. El vocabulario político sumerio evolucionó durante siglos y dependía considerablemente del contexto.

Uno de los mejores ejemplos del poder de las ciudades sumerias procede de Lagash.

Durante el III milenio a.C., sus gobernantes protagonizaron numerosos conflictos, especialmente contra la vecina Umma.

Entre ellos destacó Eannatum, célebre por la llamada Estela de los Buitres, uno de los documentos históricos e iconográficos más extraordinarios de la antigua Mesopotamia.

La guerra ya no aparece únicamente como enfrentamiento entre hombres.

Los dioses participan simbólicamente.

La victoria pertenece al gobernante, pero también a la divinidad tutelar de su ciudad.

Esta concepción acompañará durante siglos a la realeza mesopotámica.

Otro soberano fundamental fue Urukagina de Lagash, conocido por una serie de textos tradicionalmente denominados sus “reformas”.

En ellos encontramos denuncias contra determinados abusos administrativos y referencias a medidas destinadas a restaurar un orden considerado justo.

Debemos evitar presentar a Urukagina como un reformador social moderno.

Su lenguaje pertenece a la ideología real mesopotámica: el buen gobernante protege a quienes se encuentran bajo su autoridad y restaura el orden querido por los dioses.

Pero sus inscripciones son enormemente importantes para comprender cómo los propios sumerios concebían las responsabilidades de un rey.

A finales del periodo Dinástico Arcaico aparece Lugalzagesi, gobernante de Umma que consiguió dominar varias ciudades sumerias y estableció su capital en Uruk.

Su ascenso parecía anunciar una nueva etapa.

Por primera vez, un soberano conseguía imponer su autoridad sobre una parte considerable del territorio sumerio.

Pero su dominio fue breve.

Desde el norte apareció un hombre que cambiaría definitivamente la historia de Mesopotamia: Sargón de Acad.

Sargón no era sumerio, sino semita oriental de lengua acadia. Sin embargo, su historia resulta inseparable de la de Sumer.

Tras derrotar a Lugalzagesi, construyó un imperio que reunió bajo una misma autoridad amplios territorios de Mesopotamia.

Con Sargón, Rimush, Manishtushu, Naram-Sin y Shar-Kali-Sharri, la concepción de la realeza experimentó una profunda transformación.

El rey dejó de ser únicamente soberano de una ciudad.

Podía gobernar un imperio.

Esta transformación culminó simbólicamente con Naram-Sin, quien llegó a ser divinizado en vida.

La vieja tradición sumeria de la realeza sobrevivió, pero había cambiado para siempre.

Después de la caída del Imperio acadio encontramos una de las figuras mejor documentadas del mundo sumerio: Gudea de Lagash.

Las numerosas estatuas conservadas de este gobernante presentan una imagen muy distinta del conquistador.

Gudea aparece como constructor, administrador y hombre piadoso.

Sus inscripciones describen con extraordinario detalle la construcción del templo del dios Ningirsu y los materiales traídos desde regiones lejanas.

Esta imagen del rey constructor no debe interpretarse como señal de debilidad.

Construir un templo era una acción política de primer orden.

El gobernante demostraba que mantenía una relación privilegiada con los dioses y que, bajo su autoridad, la ciudad prosperaba.

Hacia finales del III milenio a.C., Ur-Nammu fundó la Tercera Dinastía de Ur.

Con él comenzó el periodo conocido como Ur III, frecuentemente denominado Renacimiento Sumerio.

Ur-Nammu consiguió reunificar buena parte del sur de Mesopotamia y empleó el título de “rey de Sumer y Acad”. Su reinado estuvo marcado también por importantes proyectos arquitectónicos, entre ellos las grandes construcciones monumentales de Ur.

Su nombre está asimismo relacionado con el Código de Ur-Nammu, uno de los conjuntos legales escritos más antiguos conocidos.

Su hijo Shulgi llevó el sistema de Ur III a su máximo desarrollo.

Durante su largo reinado se fortaleció la administración, se reorganizó el territorio y aumentó enormemente la documentación burocrática.

Shulgi llevó además la ideología real hasta extremos extraordinarios.

Fue divinizado y presentado en himnos como gobernante excepcional, guerrero, administrador, atleta y hombre de cultura. Las fuentes del periodo escriben su nombre con determinativo divino.

Es aquí donde debemos recordar una precaución fundamental para estudiar a los reyes de Sumer: los textos reales no son biografías neutrales, son instrumentos de poder.

Para comprender la monarquía sumeria debemos abandonar nuestra concepción moderna del Estado.

Religión y política no constituían mundos separados.

El rey construía templos, realizaba ofrendas, participaba en ceremonias y afirmaba gobernar bajo la protección de los dioses.

Nippur adquirió una importancia extraordinaria precisamente porque allí se encontraba el Ekur, el gran santuario de Enlil. Gobernantes procedentes de diferentes ciudades restauraron su templo y buscaron vincular su autoridad con el dios.

Un rey poderoso necesitaba ejércitos.

Pero también necesitaba legitimidad divina.

Dumuzi e Inanna
Dumuzi e Inanna unidos, símbolo del amor sagrado y la fertilidad en la mitología sumeria.

La relación entre religión y monarquía aparece también en los textos relacionados con el rito del matrimonio sagrado.

Durante Ur III y los primeros siglos del II milenio encontramos composiciones en las que el soberano adopta simbólicamente el papel de Dumuzi, consorte de Inanna.

El rey aparece entonces integrado dentro de un drama religioso que vincula su persona con la fertilidad, la abundancia y la prosperidad del territorio.

La realeza no consistía solamente en gobernar hombres.

Consistía en mantener el orden entre los hombres, la tierra y los dioses.

La Tercera Dinastía de Ur terminó hacia comienzos del II milenio a.C.

Tras la caída de Ur, el poder volvió a fragmentarse entre diferentes ciudades.

Los gobernantes de Isin intentaron presentarse como herederos de Ur III y conservaron títulos como “rey de Sumer y Acad”. La propia Lista Real Sumeria terminó incorporándolos dentro de su esquema de transmisión de la realeza.

Pero el mundo estaba cambiando.

La lengua sumeria continuaría siendo utilizada durante siglos como lengua religiosa, literaria y erudita, mientras que el acadio se imponía cada vez más como lengua hablada y administrativa.

Los reyes sumerios desaparecieron. Su concepción de la realeza, no.

Dentro de esta categoría encontrarás progresivamente estudios individuales sobre los principales reyes sumerios y gobernantes de Mesopotamia, entre ellos:

  • Enmerkar
  • Lugalbanda
  • Gilgamesh
  • Enmebaragesi
  • Eannatum
  • Urukagina
  • Lugalzagesi
  • Gudea de Lagash
  • Ur-Nammu
  • Shulgi
  • Amar-Sin
  • Shu-Sin
  • Ibbi-Sin

También tendrán cabida gobernantes de otras tradiciones mesopotámicas cuando sean necesarios para comprender la evolución histórica de Sumer, como Sargón de Acad, Naram-Sin o los primeros soberanos de Isin.

De este modo, esta página funcionará como punto de partida para recorrer la historia política de Mesopotamia desde los soberanos legendarios hasta las grandes monarquías históricas.

Utu y Gilgamesh
Utu otorga su poder divino a Gilgamesh en el bosque de los cedros, preparándolo para enfrentarse al temible Humbaba.

Pocas civilizaciones dejaron una concepción de la realeza tan profundamente ligada al mundo divino como la sumeria.

Algunos de sus primeros reyes gobernaron, según los escribas, durante decenas de miles de años.

Otros se convirtieron en héroes. Algunos fueron divinizados.

Y otros dejaron inscripciones, templos, leyes y documentos administrativos que todavía permiten reconstruir sus reinados.

Por ello, la Lista Real Sumeria no debe utilizarse como una simple cronología. Presenta las dinastías como si la realeza hubiera pasado ordenadamente de una ciudad a otra, cuando sabemos que distintas ciudades y dinastías pudieron coexistir. Esa construcción respondía a una determinada concepción ideológica de la historia y de la legitimidad política.

Para los antiguos escribas, sin embargo, detrás de todos aquellos cambios permanecía una certeza.

Los hombres podían ocupar el trono.

Pero la realeza pertenecía a los dioses.

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