El inframundo sumerio designa el mundo de los muertos en la antigua Mesopotamia, descrito como una región oscura y lejana donde habitan los difuntos. El reino de los muertos aparece como un espacio sometido a normas distintas a las del mundo de los vivos. Los sumerios lo denominaban con frecuencia kur, y su soberana era Ereshkigal, señora del Gran Abajo. También recibe el nombre de ki-gal o kigallu, “el lugar grande”, término mencionado en el poema del Descenso de Inanna al Inframundo.
Algunos textos sumerios sitúan este reino en el oeste, allí donde se pone el sol y donde el dios Utu (Šamaš) desaparece durante la noche. En la imaginación mesopotámica, el desierto, la montaña y la estepa liminal podían relacionarse con el acceso al Más Allá. La edin-lil-la, la “estepa del viento” o “de la nada”, era concebida como un paraje silencioso y desolado, próximo a la morada definitiva de los muertos.
Para los mesopotámicos existía una diferencia clara entre una muerte adecuada y una muerte desdichada. Una muerte adecuada exigía sepultura y ritos funerarios. Por el contrario, morir de forma violenta, lejos de los suyos o sin enterramiento, podía condenar al difunto a vagar entre los vivos como un espectro inquieto.
Qué es el inframundo sumerio

El inframundo sumerio no era un lugar de recompensa moral ni de condena eterna en sentido cristiano. Era, ante todo, el destino común de los muertos. Se concebía como un reino subterráneo, oscuro y amurallado, separado del mundo de los vivos y regido por divinidades infernales.
A diferencia de religiones posteriores, en Mesopotamia no existía una división tajante entre paraíso e infierno. Ricos y pobres, poderosos y humildes, acababan en el mismo ámbito funerario, donde la existencia era sombría y dependía en gran medida de la memoria ritual mantenida por los vivos.
Los nombres del mundo inferior
Entre los nombres más frecuentes del inframundo destacan kur, ki-gal y, en acadio, erṣetu o kigallu. Todos ellos remiten al mundo inferior como espacio vasto, apartado y sometido a una autoridad propia.
Ereshkigal, soberana del Gran Abajo

El inframundo estaba gobernado por Ereshkigal, la gran reina de los muertos. Su figura domina buena parte de la literatura mesopotámica relacionada con la muerte, especialmente en el Descenso de Inanna al Inframundo.
Dónde situaban los sumerios el inframundo
Algunos textos ubican el reino de los muertos en el oeste, lugar donde desaparece el sol al final del día. Esta asociación reforzaba la idea de tránsito, ocaso y desaparición. Otros pasajes vinculan el acceso al inframundo con el desierto, la montaña, las grietas del suelo o la estepa.
Estos paisajes liminares eran percibidos como territorios hostiles, habitados por fuerzas peligrosas, demonios y fantasmas. Por ello, la geografía del Más Allá mesopotámico no debe entenderse como un mapa preciso, sino como una construcción simbólica.
El oeste, la montaña y la estepa
La puesta del sol, las montañas lejanas y la estepa desolada funcionaban como imágenes del umbral entre el mundo humano y el reino funerario.
La estepa del viento
La edin-lil-la, “estepa del viento” o “de la nada”, era imaginada como un espacio vacío y silencioso, asociado a la lejanía y a la muerte.
Las puertas del inframundo sumerio

El inframundo mesopotámico aparece en los textos como una gran ciudad protegida por murallas y puertas firmes. En el poema del Descenso de Inanna al Inframundo, la diosa atraviesa sucesivamente sus entradas, lo que refuerza la idea de un espacio cerrado, reglado y difícil de abandonar.
En el desierto se desarrolla también el destino de Dumuzi, acompañado de llantos y lamentos fúnebres. En textos como El sueño de Dumuzi, las arenas aparecen como escenario de persecución demoníaca y sufrimiento.
La Puerta Ganzer
La Puerta Ganzer marca el umbral entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Se ha interpretado como una entrada principal al reino infernal.
La Puerta de los Cautivos
Otra puerta aparece mencionada como Bāb kamūti, la “Puerta de los Cautivos”, asociada a divinidades aprisionadas en el mundo inferior. Su sentido exacto sigue siendo objeto de estudio.
La Gran Puerta del Ocaso
La Gran Puerta del Ocaso (ka-gal utu-šu-a / abul erēb šamši) se relaciona con el punto por el que el sol desaparece cada día y penetra en la esfera funeraria.
Tumbas, pozos y grietas como accesos
El inframundo no solo poseía puertas monumentales. La tumba, los pozos, las hendiduras y los agujeros de la tierra eran concebidos también como puntos de comunicación entre vivos y muertos. A través de ellos podían ascender fantasmas o transitar demonios.
Demonios del inframundo sumerio

En la mentalidad mesopotámica, los demonios eran entidades liminales capaces de moverse entre el mundo humano y el mundo inferior. A menudo presentan rasgos híbridos, aspecto animalizado o naturaleza invisible. Se deslizan como el viento, penetran en las casas y pueden provocar enfermedad, angustia o desorden.
No todos eran estrictamente malignos. Algunas figuras demoníacas podían ser invocadas para proteger contra otras fuerzas más peligrosas, como sucede con Pazuzu en época posterior.
Los Siete demonios

En ciertos textos los demonios aparecen agrupados como los Siete (sibittu), cifra que expresa totalidad y poder devastador. Su origen se describe en encantamientos donde se los presenta como seres nacidos entre la montaña del ocaso y la de la salida del sol.
Fragmento de Utukku Lemnutu
En un fragmento de Utukku Lemnutu se describe así su naturaleza:
—Girra, ¿cuándo nacieron los Siete y dónde fueron criados?
Utukku Lemnutu XIII–XV, 45–57
—Los Siete nacieron en la montaña del ocaso, los Siete se criaron en la montaña de la salida del sol, habitaron en los agujeros del mundo subterráneo y se alzaban constantemente desde la tierra baldía del mundo inferior. Nadie los reconoce ni en el cielo ni en el infierno; un aura los oculta. Tampoco los dioses sabios los reconocen; sus nombres no existen ni en el cielo ni en el infierno.
Los difuntos en el inframundo sumerio

Los muertos eran los habitantes más numerosos del mundo inferior, donde llevaban una existencia sombría y empobrecida. Los textos insisten en que el difunto depende de las ofrendas de los vivos y de la continuidad de su memoria.
Morir implicaba emprender un viaje hacia el reino de Ereshkigal. En algunos textos ese trayecto se realiza por caminos desolados; en otros, mediante travesías acuáticas hacia el Más Allá.
Las tres etapas de la muerte
Los textos cuneiformes permiten reconstruir tres momentos del proceso de morir:
- Con el último aliento se separa el principio vital, asociado a la respiración.
- El alma o sombra del difunto viaja hasta el inframundo y es admitida en sus dominios.
- Una vez dentro del reino de Ereshkigal, el muerto pasa a formar parte de la comunidad de los difuntos.
Buen morir y mal morir
Una muerte adecuada requería sepultura, lamentos y ritos funerarios. La muerte violenta, el abandono del cadáver o la falta de enterramiento podían alterar el destino del difunto y convertirlo en una presencia hostil para los vivos.
Fantasmas en Sumeria

Los fantasmas ocupan un lugar central en la religión mesopotámica. Se los describe como seres que suspiran o silban como el viento y que pueden regresar del mundo inferior para perturbar a los vivos. En algunos textos, el término utukku no designa solo a un demonio, sino también a una aparición espectral.
Esto se aprecia en la versión acadia de la Épica de Gilgamesh:
“El utukku de Enkidu se abrió paso a través de la tierra desde el infierno como un zaqīqu.”
Épica de Gilgamesh XII, 87
Los llamados fantasmas malignos (gidim-ḫul-e-ne) representan a difuntos que no han alcanzado reposo, generalmente por falta de enterramiento o de ritual funerario. Su retorno al mundo de los vivos podía explicar enfermedades, desgracias o perturbaciones domésticas.
El fantasma no enterrado
La ausencia de sepultura era una de las mayores desgracias posibles. Un cadáver abandonado implicaba deshonra y podía dar lugar a un espectro errante, incapaz de integrarse en el reino de los muertos.
El fantasma olvidado
También resultaban peligrosos aquellos muertos que no recibían libaciones, ofrendas o invocaciones de su nombre. El olvido ritual debilitaba el descanso del difunto.
Conjuros contra los fantasmas en Mesopotamia

La magia formaba parte esencial de la religiosidad mesopotámica. Los conjuros servían para proteger la casa, contener a los espectros y restablecer el orden alterado por una presencia sobrenatural.
Conjuro para retener al fantasma
Uno de estos encantamientos dice:
Tú, muerto que me sales al encuentro, ya seas padre o madre, hermano o hermana, o familiar, pariente o conocido. Ya seas un fantasma de alguien enterrado o un fantasma no enterrado, o uno que murió por ofensa a la divinidad, o uno que murió por ofensa al rey, o el fantasma de uno que no tiene quien le haga libaciones: cuando te acerques a mi cama, que las espinas del baltu te retengan, que las espinas del ašāgu te retengan, que el círculo mágico te retenga.
El fantasma vagabundo
Otro conjuro menciona al fantasma extranjero, al olvidado y al muerto de forma violenta:
Si eres un fantasma que ha ascendido del inframundo, o si eres un lilû que no tiene cama, o si eres una doncella, o si eres un joven que no ha alcanzado la pubertad, o si te abandonaron en el desierto, o si moriste en el desierto, o si te dejaron sin cubrir de tierra; si eres un hombre al que hicieron caer en el río, o si moriste por arma o en el campo de batalla, o si te mató un león, o si un perro te devoró, o si moriste en el agua o en el mar, o si te caíste del tejado, o si te ahogaste en un barco, o si eres un fantasma no enterrado, o uno que no tiene a nadie que se ocupe de él, ni quien le haga ofrendas ni libaciones, ni quien invoque su nombre.
Utukku Lemnutu IV, 130′–149′
La familia lilû
La familia lilû designa a espíritus de fallecidos antes de tiempo. Su variante femenina aparece como lilītu o ardat-lilî, aplicada a jóvenes muertas antes del matrimonio o de la maternidad.
El “infierno” en Sumeria

Llamar “infierno” al mundo de los muertos mesopotámico puede resultar útil como traducción aproximada, pero conviene matizarlo. No se trata de un lugar de castigo moral como en la tradición cristiana, sino de un espacio subterráneo al que se dirigen todos los difuntos.
El término “infierno” procede de las formas latinas inferus e infernus, relacionadas con lo inferior o subterráneo. En ese sentido, su uso para Mesopotamia puede aceptarse, siempre que no se proyecten sobre él ideas ajenas a la religión mesopotámica.
Un destino común para todos los muertos
En el Más Allá mesopotámico no había paraíso para los justos ni condenación ardiente para los malvados. Todos compartían un mismo destino sombrío, sostenido únicamente por la memoria ritual de los vivos.
Bibliografía
- Érica Couto Ferreira (2020). Infierno: El más allá en la Mesopotamia Antigua. Aurora Dorada. ISBN 8412183118.
- Jeremy Black y Anthony Green (1992). Gods, Demons and Symbols of Ancient Mesopotamia: An Illustrated Dictionary. University of Texas Press.
- Thorkild Jacobsen (1978). The Treasures of Darkness: A History of Mesopotamian Religion. Yale University Press.


